Del capitalismo como "sistema parásito"
Explicación muy llana del funcionamiento de este virus que nos está matando, despues de leerlo te dan ganas de devolver todos los créditos pero... no puedes y posiblemente no podrás en un futuro cercano. Don't worry, Be happy con un crédito se pueden hacer 2 cosas pagarlo o... NO PAGARLO.
Tal
como el reciente "tsunami financiero" demostró a millones de personas
que creían en los mercados capitalistas y en la banca capitalista como
métodos evidentes para la resolución exitosa de problemas, el
capitalismo se especializa en la creación de problemas, no en su
resolución.
Al igual que los sistemas de los números naturales
del famoso teorema de Kurt Gödel, el capitalismo no puede ser al mismo
tiempo coherente y completo. Si es coherente con sus propios
principios, surgen problemas que no puede abordar; y si trata de
resolverlos, no puede hacerlo sin caer en la falta de coherencia con
sus propias premisas. Mucho antes de que Gödel escribiera su teorema,
Rosa Luxemburgo publicó su estudio sobre la "acumulación capitalista"
en el que sugería que el capitalismo no puede sobrevivir sin economías
"no capitalistas"; puede proceder según sus principios siempre cuando
haya "territorios vírgenes" abiertos a la expansión y la explotación,
si bien cuando los conquista con fines de explotación, el capitalismo
los priva de su virginidad precapitalista y de esa forma agota las
reservas que lo nutren. En buena medida es como una serpiente que se
devora la cola: en un primer momento la comida abunda, pero pronto se
hace cada vez más difícil de tragar, y poco después no queda nada que
comer ni tampoco quien lo coma...
El capitalismo es en esencia
un sistema parásito. Como todos los parásitos, puede prosperar un
tiempo una vez que encuentra el organismo aún no explotado del que
pueda alimentarse, pero no puede hacerlo sin dañar al anfitrión ni sin
destruir tarde o temprano las condiciones de su prosperidad o hasta de
su propia supervivencia.
Rosa Luxemburgo, que escribió en una
era de imperialismo rampante y conquista territorial, no pudo prever
que las tierras premodernas de continentes exóticos no eran los únicos
posibles "anfitriones" de los que el capitalismo podía alimentarse para
prolongar su vida e iniciar sucesivos ciclos de prosperidad. El
capitalismo reveló desde entonces su asombroso ingenio para buscar y
encontrar nuevas especies de anfitriones cada vez que la especie
explotada con anterioridad se debilitaba. Una vez que anexó todas las
tierras vírgenes "precapitalistas", el capitalismo inventó la
"virginidad secundaria". Millones de hombres y mujeres que se dedicaban
a ahorrar en lugar de a vivir del crédito fueron transformados con
astucia en uno de esos territorios vírgenes aún no explotados.
La
introducción de las tarjetas de crédito fue el indicio de lo que se
avecinaba. Las tarjetas de crédito habían hecho irrupción en el mercado
con una consigna elocuente y seductora: "elimine la espera para
concretar el deseo". ¿Se desea algo pero no se ahorró lo suficiente
para pagarlo? Bueno, en los viejos tiempos, que por fortuna ya quedaron
atrás, había que postergar las satisfacciones (esa postergación, según
Max Weber, uno de los padres de la sociología moderna, era el principio
que hizo posible el advenimiento del capitalismo moderno): ajustarse el
cinturón, negarse otros placeres, gastar de manera prudente y frugal y
ahorrar el dinero que se podía apartar con la esperanza de que con el
debido cuidado y paciencia se reuniría lo suficiente para concretar los
sueños.
Gracias a Dios y a la benevolencia de los bancos, ya
no es así. Con una tarjeta de crédito, ese orden se puede invertir:
¡disfrute ahora, pague después! La tarjeta de crédito nos da la
libertad de manejar las propias satisfacciones, de obtener las cosas
cuando las queremos, no cuando las ganamos y podemos pagarlas.
A
los efectos de evitar reducir el efecto de las tarjetas de crédito y
del crédito fácil a sólo una ganancia extraordinaria para quienes
prestan, la deuda tenía (¡y lo hizo con gran rapidez!) que
transformarse en un activo permanente de generación de ganancia. ¿No
puede pagar su deuda? No se preocupe: a diferencia de los viejos
prestamistas siniestros, ansiosos de recuperar lo que habían prestado
en el plazo fijado de antemano, nosotros, los modernos prestamistas
amistosos, no pedimos el reembolso de nuestro dinero sino que le
ofrecemos darle aun más crédito para devolver la deuda anterior y
quedarse con algún dinero adicional (vale decir, deuda) para pagar
nuevos placeres. Somos los bancos a los que les gusta decir "sí". Los
bancos amistosos. Los bancos sonrientes, como afirmaba uno de los
comerciales más ingeniosos.
La trampa del crédito
Lo
que ninguno de los comerciales declaraba abiertamente era que en
realidad los bancos no querían que sus deudores reembolsaran los
préstamos. Si los deudores devolvieran con puntualidad lo prestado, ya
no estarían endeudados. Es su deuda (el interés mensual que se paga
sobre la misma) lo que los prestamistas modernos amistosos (y de una
notable sagacidad) decidieron y lograron reformular como la fuente
principal de su ganancia ininterrumpida. Los clientes que devuelven con
rapidez el dinero que pidieron son la pesadilla de los prestamistas. La
gente que se niega a gastar dinero que no ganó y se abstiene de pedirlo
prestado no resulta útil a los prestamistas, así como tampoco las
personas que (motivadas por la prudencia o por un sentido anticuado del
honor) se apresuran a pagar sus deudas a tiempo. Para beneficio suyo y
de sus accionistas, los bancos y proveedores de tarjetas de crédito
dependen ahora de un "servicio" ininterrumpido de deudas y no del
rápido reembolso de las mismas. Por lo que a ellos concierne, un
"deudor ideal" es el que nunca reembolsa el crédito por completo. Se
pagan multas si se quiere reembolsar la totalidad de un crédito
hipotecario antes del plazo acordado... Hasta la reciente "crisis del
crédito", los bancos y emisores de tarjetas de crédito se mostraban más
que dispuestos a ofrecer nuevos préstamos a deudores insolventes para
cubrir los intereses impagos de créditos anteriores. Una de las
principales compañías de tarjetas de crédito de Gran Bretaña se negó
hace poco a renovar las tarjetas de los clientes que pagaban la
totalidad de su deuda cada mes y, por lo tanto, no incurrían en interés
punitorio alguno.
Para resumir, la "crisis del crédito" no fue
resultado del fracaso de los bancos. Al contrario, fue un resultado por
completo esperable, si bien inesperado, el fruto de su notable éxito:
éxito en lo relativo a transformar a la enorme mayoría de los hombres y
mujeres, viejos y jóvenes, en un ejército de deudores. Obtuvieron lo
que querían conseguir: un ejército de deudores eternos, la
autoperpetuación de la situación de "endeudamiento", mientras que se
buscan más deudas como la única instancia realista de ahorro a partir
de las deudas en que ya se incurrió.
Ingresar a esa situación
se hizo más fácil que nunca en la historia de la humanidad, mientras
que salir de la misma nunca fue tan difícil. Ya se tentó, sedujo y
endeudó a todos aquellos a los que podía convertirse en deudores, así
como a millones de otros a los que no se podía ni debía incitar a pedir
prestado.
Como en todas las mutaciones anteriores del
capitalismo, también esta vez el Estado asistió al establecimiento de
nuevos terrenos fértiles para la explotación capitalista: fue a
iniciativa del presidente Clinton que se introdujeron en los Estados
Unidos las hipotecas subprime auspiciadas por el gobierno para ofrecer
crédito para la compra de casas a personas que no tenían medios para
reembolsar esos préstamos, y para transformar así en deudores a
sectores de la población que hasta el momento habían sido inaccesibles
a la explotación mediante el crédito...
Sin embargo, así como
la desaparición de la gente descalza significa problemas para la
industria del calzado, la desaparición de la gente no endeudada anuncia
un desastre para el sector del crédito. La famosa predicción de Rosa
Luxemburgo se cumplió una vez más: otra vez el capitalismo estuvo
peligrosamente cerca del suicido al conseguir agotar la reserva de
nuevos territorios vírgenes para la explotación...
Hasta ahora,
la reacción a la "crisis del crédito", por más impresionante y hasta
revolucionaria que pueda parecer una vez procesada en los titulares de
los medios y las declaraciones de los políticos, fue "más de lo mismo",
con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de
ganancia y consumo de esa etapa aún no se hayan agotado por completo:
un intento de recapitalizar a los prestadores de dinero y de hacer que
sus deudores vuelvan a ser dignos de crédito, de modo tal que el
negocio de prestar y tomar prestado, de endeudarse y permanecer así,
pueda retornar a lo "habitual".
El Estado benefactor para los
ricos (que, a diferencia de su homónimo para los pobres, nunca vio
cuestionada su racionalidad, y mucho menos interrumpidas sus
operaciones) volvió a los salones de exposición tras abandonar las
dependencias de servicio a las que se había relegado sus oficinas de
forma temporaria para evitar comparaciones envidiosas.
Lo que
los bancos no podían obtener –por medio de sus habituales tácticas de
tentación y seducción–, lo hizo el Estado mediante la aplicación de su
capacidad coercitiva, al obligar a la población a incurrir de forma
colectiva en deudas de proporciones que no tenían precedentes:
gravando/hipotecando el nivel de vida de generaciones que aún no habían
nacido...
Los músculos del Estado, que hacía mucho tiempo que
no se usaban con esos fines, volvieron a flexionarse en público, esta
vez en aras de la continuación del juego cuyos participantes hacen que
esa flexión se considere indignante, pero inevitable; un juego que,
curiosamente, no puede soportar que el Estado ejercite sus músculos
pero no puede sobrevivir sin ello.
Ahora, centenares de años
después de que Rosa Luxemburgo diera a conocer su pensamiento, sabemos
que la fuerza del capitalismo reside en su asombroso ingenio para
buscar y encontrar nuevas especies de anfitriones cada vez que la
especie que se explotó antes se debilita demasiado o muere, así como en
la expedición y la velocidad virulentas con que se adapta a las
idiosincrasias de sus nuevas pasturas. En el número de noviembre de
2008 de The New York Review of Books (en el artículo "La crisis
y qué hacer al respecto"), el inteligente analista y maestro del arte
del marketing George Soros presentó el itinerario de las empresas
capitalistas como una sucesión de "burbujas" de dimensiones que
excedían en mucho su capacidad y explotaban con rapidez una vez que se
alcanzaba el límite de su resistencia.
La "crisis del crédito"
no marca el fin del capitalismo; sólo el agotamiento de una de sus
sucesivas pasturas... La búsqueda de un nuevo prado comenzará pronto,
tal como en el pasado, alentada por el Estado capitalista mediante la
movilización compulsiva de recursos públicos (por medio de impuestos en
lugar de a través de una seducción de mercado que se encuentra
temporariamente fuera de operaciones). Se buscarán nuevas "tierras
vírgenes" y se intentará por derecha o por izquierda abrirlas a la
explotación hasta que sus posibilidades de aumentar las ganancias de
accionistas y las bonificaciones de los directores quede a su vez
agotada.
Como siempre (como también aprendimos en el siglo XX
a partir de una larga serie de descubrimientos matemáticos desde Henri
Poincaré hasta Edward Lorenz) un mínimo paso al costado puede llevar a
un precipicio y terminar en una catástrofe. Hasta los más pequeños
avances pueden desencadenar inundaciones y terminar en diluvio...
Los
anuncios de otro "descubrimiento" de una isla desconocida atraen
multitudes de aventureros que exceden en mucho las dimensiones del
territorio virgen, multitudes que en un abrir y cerrar de ojos tendrían
que volver corriendo a sus embarcaciones para huir del inminente
desastre, esperando contra toda esperanza que las embarcaciones sigan
ahí, intactas, protegidas...
La gran pregunta es en qué momento
la lista de tierras disponibles para una "virginización secundaria" se
agotará, y las exploraciones, por más frenéticas e ingeniosas que sean,
dejarán de generar respiros temporarios. Los mercados, que están
dominados por la "mentalidad cazadora" líquida moderna que reemplazó a
la actitud de guardabosques premoderna y a la clásica postura moderna
de jardinero, seguramente no se van a molestar en plantear esa
pregunta, dado que viven de una alegre escapada de caza a otra como
otra oportunidad de posponer, no importa qué tan brevemente ni a qué
precio, el momento en que se detecte la verdad.
Todavía no
empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra
sociedad impulsada a crédito y consumo. "El regreso a la normalidad"
pronostica un regreso a vías malas y siempre peligrosas. La intención
de hacerlo es alarmante: indica que ni la gente que dirige las
instituciones financieras, ni nuestros gobiernos, llegaron al fondo del
problema con sus diagnósticos, y mucho menos con sus actos.
Parafraseando
a Héctor Sants, el director de la Autoridad de Servicios Financieros,
que hace poco confesó la existencia de "modelos empresarios mal
equipados para sobrevivir al estrés (...), algo que lamentamos", Simon
Jenkins, un analista de The Guardian de extraordinaria agudeza,
observó que "fue como si un piloto protestara porque su avión vuela
bien a excepción de los motores".
© Zygmunt Bauman y Clarín, 2009. Traducción de Joaquín Ibarburu.
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/12/27/_-02107667.htm

