EN EL SIGLO XXI: FEMINISMOS

  • Posted on: 8 March 2018
  • By: Sarko

Cada época suele pasar a la historia caracterizada y recordada por un acontecimiento sobresaliente que normalmente implica un cambio significativo en el rumbo de la sociedad de ese momento. Esos cambios significativos se convierten en el punto de partida para el siguiente acontecimiento sobresaliente, en una espiral progresiva, que se enmaraña en ocasiones, pero que evoluciona indefectiblemente, casi siempre sin mirar atrás. En el entorno del Mediterráneo, los grandes Imperios militares y teocráticos de la Edad Antigua aracterizados por invasiones y ocupaciones de otros territorios sometiendo a los pueblos que los habitaban, dieron paso, en la Edad Media, a la revolución de la aristocracia para instaurar Estados Feudales y Monarquías Absolutistas en la Edad Moderna, dispuestas a guerrear entre sí.

El siglo XVIII concluye en 1789 con la Revolución Francesa poniendo fin a las monarquías del Antiguo Régimen para instaurar un nuevo régimen de repúblicas y democracias parlamentarias, en lo que fue la revolución de la burguesía ilustrada, aunque el pueblo, como siempre, era quien había ocupado la calle, se usaba para poner los muertos y sufrir la posterior represión.

El  siglo  XIX,  fue  el  de  la  revolución  industrial  y  con  ella  la  organización  del movimiento obrero en torno a la Iª Internacional en 1864, unidad que nació para plantear la revolución del proletariado, la última revolución, la definitiva, la que construiría una sociedad sin clases. Sin embargo, la unidad de la clase obrera desapareció de forma fulminante escindiéndose progresivamente y para siempre en la Internacional anarquista, la socialista, la comunista bolchevique y la troskista.

El siglo XX, poscolonial, de crecimiento económico, también de luchas claramente feministas y sufragistas, había comenzado con la revolución socialista mexicana, mientras que en Europa se inició con la I Guerra Mundial y la revolución del proletariado de Rusia en 1917, instaurando un régimen marxista-leninista y la dictadura del proletariado, desmontando el ideal  de la ociedad sin clases y creando una nueva clase, la política, para impedir la verdadera revolución proletaria.

Ese siglo prácticamente culminó con la caída del muro de Berlín en 1989, la expansión globalizada del capitalismo y el neoliberalismo, desmoronándose así todo el imaginario proletario colectivo, dando paso al pensamiento de que “otro mundo es posible”, por ahora, sólo como un deseo, un lema.

Por su parte, el siglo XXI comenzó demasiado pronto con la caída de las Torres Gemelas en 2001 y la guerra terrorista a escala mundial, en un contexto de la nueva revolución tecnológica, internet, la robotización.

Hitos de este tipo, que podemos considerar como acontecimientos sobresalientes, anuncian la llegada de nuevas épocas históricas, “sin que nadie las espere” y a las que estamos obligados a entender para sobrevivir y resistir en ellas.

En el siglo XXI estamos asistiendo a un nuevo paradigma civilizatorio que las gentes del pensamiento están intentando explicar y comprender, no estando demasiado claras las causas, las circunstancias y los detonantes del cambio de paradigma, pero sí existiendo consenso sobre la existencia del mismo, y es que, posiblemente, nuestro propio destino esté dejando de estar en nuestras manos para pasar a un control planetario multifactorial que no tiene que rendir cuentas y del que desconocemos sus claves de funcionamiento.

Los efectos de la globalización, del modelo de pensamiento único, de las redes sociales, de la saturación informativa, de la revolución de internet... sobre el cambio cognitivo que producen en el ser humano, pueden estar en la base de ese cambio de paradigma de la sociedad actual.

¿Qué terminará definiendo el siglo XXI? Con independencia de lo que nos espere como civilización en este siglo, las y los intelectuales y pensadores se afanan en intentar caracterizar y teorizar sobre lo que está ocurriendo porque, sin duda, estamos en un tiempo nuevo del que nos falta una completa comprensión. Se trata de la identificación de las nuevas coordenadas que regulan la vida en común, de nuevos modelos teóricos que expliquen la realidad, los procesos por los que transitan la lucha por los derechos humanos, el reparto de la riqueza, el requerimiento que  nos hace el cambio climático, la lucha por la igualdad, por la justicia social...

A título exclusivamente discrecional, algunos ejemplos de estos intelectuales que reflexionan sobre lo que está pasando lo encontramos en el polaco recientemente fallecido Zygmunt Bauman creador del término “modernidad líquida” para definir la sociedad postmoderna  inestable en la que se carece de valores duraderos; el coreano Byung-Chul Han, quien identifica como males contemporáneos la búsqueda incansable del éxito, el narcisismo, el darwinismo social y laboral, la falta de demanda de transparencia política, diagnosticando el hecho como la “pérdida del deseo”, de dedicarse al “otro”; la canadiense Naomi Klein activista contra la globalización y el consumismo; Owen Jones, analista de la nueva realidad de la clase obrera; el economista francés Thomas Piketty especializado en la desigualdad económica y la distribución de la renta; Manuel Castells experto en teoría integral de la información y sus vinculaciones con la transformación de la economía y el poder; Edgard Morin y su teorización del pensamiento complejo; Cornelius  Castoriadis con sus análisis de la creación humana desde el socialismo libertario; Donna Haraway autora del manifesto cíborg para una sociedad comunal de personas, animales y máquinas; o el español José Luis Villacañas, analista político y social de la realidad de nuestro país. 

Llegados a este punto en el que la sociedad cambia sin saber en qué dirección,  teniendo pendiente la revolución definitiva, la revolución del pueblo, sin un sujeto revolucionario claro, con una clase trabajadora desdibujada, y ahora que celebramos ochenta años de la Iª Conferencia en la que se aprobó la Federación Nacional de Mujeres Libres (un modelo y una experiencia de organización y lucha ejemplar que las mujeres anarquistas han legado a la humanidad), nuestra aportación es que el siglo XXI es, debe ser, el siglo de la revolución de las mujeres, el siglo de la igualdad, el siglo feminista a escala global.

Antes, la revoluciones que tuvieron lugar lo fueron al ser más concretas, al estar mejor identificados los centros de poder, al tratarse de revoluciones parciales ubicadas en territorios limitados. Ahora el poder está difuminado, se ejerce desde las grandes corporaciones transnacionales, desde alejadas instituciones supranacionales, lo que supone que cualquier cambio se complica al tener que ser  a escala planetaria. Si sumamos a este hecho que la revolución feminista es trasversal al afectar a todas las esferas de la vida, a todas las culturas y regímenes políticos, el futuro nos va a exigir respuestas más integrales y más imaginativas.

Como le ocurre a otros fenómenos sociales que están sometidos a una discusión interna, para intentar ubicarse y redefinirse en este tiempo de cambio (por ejemplo, cambios de la nueva política; de la nueva lucha sindical y social; de los movimientos sociales; de   la lucha contra el cambio climático...); la lucha feminista atraviesa por ese mismo tipo de procesos de redefinición, de ahí que hablemos de feminismos. Así, Judith Butler cuestiona el poder, algo que enraiza en los planteamientos anarquistas, y sienta las bases de lo que se conoce como Teoría Queer; Chandra Talpade Mohanty plantea el feminismo poscolonial como una forma de feminismo que integra aspectos que no recoge el feminismo de la cultura occidental,  como el racismo o los efectos de la política económica y cultural occidental sobre las mujeres no-blancas. Como dice Carolina Meloni ya no basta con demandar visibilidad, el movimiento feminista es mucho más fragmentario y plural integrando la lucha por la igualdad, contra la violencia machista, el enfoque de la economía feminista, el feminismo de la interseccionalidad, el ciberfeminismo, el feminismo poscolonial, el lesbiano, el queer, el ecofeminismo, el punkfeminismo, pudiendo hablarse de nuevos feminismos que ya no ponen en el centro la transformación de las estructuras sociales sino la transformación de la vida.

Sea como fuere, la igualdad no puede ni debe esperar más. Estamos hartos y hartas de promesas, de buenas intenciones, de fraudes, de políticos y sus políticas intrascendentes, de paños calientes para seguir justificando que existe la desigualdad queriéndonos convencer de que la desigualdad es natural, que responde a criterios biológicos y genéticos y, por tanto,  inalterables por la cultura. No es verdad, no hay razones para justificar el abuso que supone que un género de una misma especie, la especie humana, domine al otro género. No hay que resignarse a que por razones políticas, ancestrales, culturales, de sistema económico capitalista, hagan inevitables el patriarcado, el androcentrismo, el machismo y, con ello, la desigualdad.

El siglo XXI debe ser el siglo de la revolución esperada, y como dice un viejo lema anarcofeminista “la revolución será feminista o no será”; una revolución sintetizada en un graffiti  hecho en el contexto del “Madrid Street Art Project “ como intervención urbana en el barrio de Lavapiés de Madrid para defender la igualdad de género, con un lema atribuido a Rosa Luxemburgo: “socialmente iguales, humanamente diferentes, totalmente libres”.

En este siglo XXI no vale resignarnos con que parece que se estuviera reduciendo el número de mujeres asesinadas; ni que está aumentando exponencialmente el número de denuncias por violencia machista; ni que se nos diga que, con la recuperación económica,  se reducirá la brecha salarial; ni que el avance científico que supone la congelación de óvulos sea la oferta que hacen las multinacionales a las mujeres para no perjudicar su carrera profesional (aunque sea a costa de sacrificar su deseo de maternidad); ni que se nos diga que aumenta el número de detenciones con motivo de la trata de blancas, o que la prostitución se tolera cuando es libremente elegida (una ironía más, una posverdad más para convertir un hecho absolutamente minoritario en categoría); ni cuando se nos vende como un gesto más de progreso y libertad la gestación subrogada (vientres de alquiler, sin eufemismos).

Y es que no hay marcha atrás en la reivindicación de que la revolución debe ser feminista. Cualquier otra revolución que ignore la revolución feminista (aquella que nos conduce a la igualdad) será una revolución parcial. Será una revolución del sistema económico, o del proletariado, o tecnológica, pero será parcial si no integra de forma trasversal la perspectiva feminista.

Las mujeres no constituyen la mitad de la población, ni son el otro género, ni son quienes desempeñan otros papeles sociales secundarios, laborales o domésticos. Lo que existe es la especie humana (el famoso humanismo integral que defendieron Mujeres Libres) y es la especie humana, como un todo, quien debe llevar a cabo los

procesos de gestión de la sociedad de la que queramos dotarnos, una sociedad sin clases sociales, ni dirigentes arriba y dirigidas abajo.

Las perspectivas con las que enfocamos el siglo XXI no son muy boyantes desde el punto de vista feminista.

La tendencia generalizada de la globalización y del libre mercado a escala planetaria apunta a que se estén aprobando acuerdos de libre comercio, como el TPP, CETA, el TTIP, TISA, ALCA y otros en América y el Pacífico, que apuntan a un incremento de la discriminación para las mujeres, como señalan incluso los informes institucionales y oficiales poco sospechosos de radicalismo como el Objetivo 5 para el desarrollo sostenible planteado en las Naciones Unidas, la Conferencia de Naciones Unidas sobre comercio y desarrollo, el Informe de la ONU-Mujeres presentado por Luzia Carvalho, directora de ONU-Mujeres, en julio de 2017 sobre el progreso de las mujeres en América Latina y el Caribe 2017 en el que se afirma que el empoderamiento económico de las mujeres, adopta tres categorías: “Pisos pegajosos” en el que las mujeres madres jóvenes con poco nivel educativo están atrapadas realizando trabajo doméstico y cuidados; “Escaleras rotas” de mujeres con cierto nivel de empoderamiento económico pero siempre en precario con dificultad enorme para conciliar empleo, trabajo doméstico y cuidados; “Techos de cristal” con altos niveles de empoderamiento económico e inserción laboral pero sufriendo discriminación, segregación ocupacional y brecha salarial.

El empoderamiento supone una revolución pero se precisa un cambio cultural, que iguale las relaciones familiares, redistribuya el trabajo doméstico y cuidados no remunerados, que genere sistemas de protección social universal con un enfoque de género.

En 2017 y analizando las luchas feministas latinoamericanas contra los Tratados de Libre Comercio e Inversión, Amaia Pérez Orozco plantea que es necesario hacer una lectura feminista del conflicto “acumulación del capital – sostenibilidad de la vida” que sigue gobernado por el poder corporativo de las grandes transnacionales. La oleada de nuevos Tratados de Libre Comercio que están surgiendo en todo el mundo se han convertido en las herramientas de dichas transnacionales para seguir disponiendo del poder y control absoluto de sus negocios sin ningún contrapeso social, como indica Plaza y Ramiro, que impida los impactos sociales, económicos, laborales, ambientales, culturales, que dichos tratados ejercen, siendo las mujeres las más perjudicadas, al ser patriarcal el sistema neoliberal.

Para concluir, debemos afirmar que, puesto que la revolución proletaria comunista o de capitalismo de Estado  ha fracasado, la revolución final, integral, la revolución del comunismo libertario sigue pendiente. Esta revolución será también feminista para que sea una auténtica revolución en la que desaparezcan los valores del autoritarismo, la dominación, la superioridad de unos sobre otras “socialmente iguales, humanamente diferentes, totalmente libres”